El cemento de la sociedad

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La confianza se ha ido moldeando, adaptando a cada época, y los humanos, a través de ella, hemos ido evolucionando nuestros modelos de relación.

Escrito por Natalia Cisterna

Jane Jacobs decía que la confianza en las calles de una ciudad se construye a través de muchos, muchos contactos públicos en las aceras y que aunque la mayor parte de estos eran triviales, la suma de todos, en absoluto era trivial.

Para poder vivir en ciudades la confianza es indispensable. Confiamos en quien manipula nuestra comida, en quien conduce el autobús, en quienes construyen los aviones, diseñan los edificios, distribuyen los recursos… Existe un tipo de confianza básica, irracional, que nos permite levantarnos cada día de la cama, salir a la calle y hacer nuestra vida con normalidad. La confianza básica se adquiere durante la infancia, durante la que uno no puede valerse por sí solo. Crecemos confiando en nuestros progenitores. Aprendemos confiando.

Pero una vez fuera del núcleo familiar, en el que nos es más fácil ejercitar la confianza, también necesitamos confiar en otros, en personas que no conocemos y sobre las que nos falta información. Nuestra vida depende de absolutos desconocidos cada día, al igual que la vida de otros puede depender de nosotros en alguna ocasión y en un mundo globalizado, en ciudades densamente pobladas, altamente fragmentadas, donde cada vez la inseguridad es mayor, donde todo es opaco, donde hay tanta información, tanto ruido… restaurar y fortalecer la confianza en “el otro” es más necesario que nunca. Tal y como dice el sociólogo Carlos Pereda, «la confianza es como el oxígeno, solo la notas cuando no está» y actualmente todos tenemos claro que nos cuesta respirar.

En sociedades primitivas, donde las interacciones eran cara a cara y donde todos se conocían, la confianza era casi innecesaria. Pero la confianza se ha ido moldeando, adaptando a cada época, y los humanos, a través de ella, hemos ido evolucionando nuestros modelos de relación.

En la era moderna, la del imperialismo económico, la del crecimiento y consumo desmedidos, la confianza dejó de ser interpersonal para ser sustituida por una confianza sistémica. Dicho de otro modo, dejamos de confiar en personas de carne y hueso para confiar en sistemas. Pasamos de vernos las caras a no saber a quién le estábamos entregando nuestra confianza. Las personas necesitamos confiar en otras personas, hasta las grandes empresas lo saben, pues no es casualidad que recurran a personajes famosos, a rostros que nos son familiares, para vendernos sus productos. Para generar confianza la familiaridad es algo a tener en cuenta.

La confianza racional, la que conscientemente depositamos en otro, no es un acto fácil. Confiar siempre produce malestar, principalmente por la falta de control que tenemos sobre las acciones del que es depositario de nuestra confianza. Lo que hace de la confianza un sentimiento complicado de experimentar es enfrentarse a la incertidumbre, a sentirse vulnerable. La confianza se sitúa siempre entre el saber y el no saber, conlleva invariablemente un riesgo, de hecho, solo surge en contextos donde uno puede perder. Es saltar sin red, un balance entre los frutos obtenidos por colaborar frente a los costes de una posible decepción o pérdida.

No obstante, la confianza puede darse si uno tiene intención y disponibilidad para que esta se produzca y ello necesita de cierto grado de optimismo y, además, es más factible si existe una buena reputación del otro, obtenida por el conocimiento acumulado del mismo a lo largo de muchas interacciones previas o por buenas recomendaciones de terceros, aún y así es difícil evitar los prejuicios personales, al menos en un primero momento.

Lo que hay que tener claro es que confiar es perder el control y quiero introducir aquí la definición de control que hace Hume: «Es mío aquello que yo y solo yo puedo utilizar a mi antojo, esto es controlar». Cuando el control aparece la confianza se esfuma, porque si podemos controlar el comportamiento de alguien, ¿para qué confiar?

«La sobreestimulación de los sentidos en las grandes ciudades incrementa la vida nerviosa, produciendo la personalidad neurasténica, individuos indiferentes, distanciados del entorno social y físico»

Para poder confiar también hay que perder el miedo y dejar de ver al otro como una amenaza, aunque es cierto que no nos lo hemos puesto muy fácil. Hanna Arendt, en su libro La condición humana dice que el ser humano es el único ser de la tierra que es capaz de crear cosas que lo condicionan continuamente. Las ciudades y el sistema capitalista son dos de esas cosas, las hemos creado nosotros y la distancia que nos separa a los unos de los otros es la condición que nos hemos autoimpuesto.

Según el filósofo y sociólogo alemán George Simmel, «la sobreestimulación de los sentidos en las grandes ciudades incrementa la vida nerviosa, produciendo la personalidad neurasténica, individuos indiferentes, distanciados del entorno social y físico». Esto lo escribió a finales del XIX, antes de la era de la información.

El historiador británico Lawrence Stone en su obra escrita en el s.XVI, The Crisis of British Aristocrazy, cuenta cómo el rápido crecimiento de la población en aquella época dificultó el acceso de alimentos y de empleo a una buena parte de la población, que junto al uso del dinero y del crédito llevaron a la población a competir fuertemente por las oportunidades en un afán desmedido por mejorar y crecer. Ese desequilibrio fue la base del individualismo y, casi cuatro siglos después, éste ha llegado a convertirse en un rasgo indiscutible de nuestra sociedad.

Vivimos alejados unos de otros, hay distancia cultural, distancia física, ideológica, económica… y todos los problemas de relación son problemas de distancia. Una distancia múltiple que, en muchos casos, nos impide ver a los demás como seres dignos de nuestra confianza.

Durante el s.XX y el XXI hemos asistido a una destrucción del tejido social, hemos asumido como algo normal que haya ciudades que obliguen a los mendigos a pagar una cuota trimestral de 23,30€ para poder pedir unas monedas en la calle como es el caso de la ciudad sueca de Eskilstuna, o que en Nueva York se pudiera construir un edificio de viviendas con una entrada para ricos y otra para pobres, así como que se proyecten viviendas y barrios enteros que imponen un modelo de vida totalmente indigno.

Según datos publicados por la OCDE en su encuesta sobre La Movilidad Social en el Mundo, en España necesitamos 4 generaciones para que los ingresos de las familias modestas alcancen a los ingresos medios. Hoy nacer en un determinado barrio puede costarte diez años de vida, es noticia, lo sabemos, al igual que sabemos ya que durante una crisis sanitaria como la actual no todos nos enfrentamos a ella del mismo modo. Durante el confinamiento como el que vivimos en marzo y según datos extraídos del Estudio sobre confinamiento y salud en población infantil llevado a cabo por la Universidad del País Vasco, el 27,5% de niños de 3 a 12 años vivían en casas con humedades, el 24,6% no tenían acceso a luz natural, el 34,2% no lo tenían a un espacio exterior…

Ejercitar la confianza hoy diría que es casi un acto heroico, pero también una obligación si queremos establecer una convivencia armoniosa dentro de las ciudades, si buscamos construir relaciones férreas, más humanas y productivas para todo el conjunto de la sociedad. La vida social no es posible sin colaboración, y por lo tanto no lo es sin confianza.

El poeta Wallace Stevens decía que «…la confianza no proviene nunca de tener todas las respuestas, sino de estar abiertos a todas las preguntas». Dejemos pues de buscar certezas absolutas en el otro para poder confiar en él, agarrémonos a la confianza para precisamente reducir la complejidad, usémosla como bálsamo para la incertidumbre a la que nos enfrentamos. Acortemos distancias, cambiemos la competición por la colaboración. Confiemos.